Sistémico Madrid | Bergé, el poder de Getxo es invisible a los ojos – El Salto


En la calle de Alcalá hay varios números que no existen. Lo saben los carteros, los taxistas y pocos más. Sobre todo en la acera de los pares. El número 60, por ejemplo, es el Retiro. El 206 son las cocheras de Ventas, y de ahí salta al 230, justo en frente de la sede reseca de Ciudadanos. En los impares, igual, el 235 es la plaza de toros y entre el 237 y el 247 deben de ser, pues otra cosa no hay, los árboles de antes y después del puente sobre la M-30.

Yo me he venido al número 65, que sí existe. Un edificio bien plantado, simétrico, con frontones neoclásicos, portalón de madera y nueve balcones que miran al tendido turístico y a la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. Un edificio propiedad de dos familias, los vascos Bergé y los cántabros Gorbeña, las dueñas de Bergé y Compañía, que sitúa en él su oficina central y la sede de otras 99 sociedades.

Nadie conoce o habla de Bergé más allá de los puertos de Santander, el de Bilbao y los otros donde opera, o fuera del sector del automóvil. Y, sin embargo, vende más de 160.000 coches cada año y es el mayor importador de vehículos del país, aunque a su negocio le va igual de bien en Chile, Perú, Finlandia y Portugal. La empresa nació en 1870 y desde entonces está en manos de las mismas familias, que comenzaron y continúan en el negocio de la estiba.

No puede asegurase pero pudo ser Bergé quien inspiró a Bob Dylan su “Ballad of a thin man”. “Algo pasa aquí, pero no sabes lo que es, ¿no es cierto, Mr. Jones?”. Nadie conoce a Jaime Gorbeña, su presidente, pero sus empresas facturan 2.700 millones de euros y una palabra suya puede apagar la luz de un medio de comunicación.

Bergé trabaja en los bastidores del negocio del motor, la primera industria del país, pero en las radios se anuncian no pocos de los 600 concesionarios con los que mantiene acuerdos, y en las televisiones, periódicos y digitales lo hacen y a diario los fabricantes para los que trabaja y ha trabajado. Mitsubishi, Lexus, Infinity, Alfa Romeo, Kia, Hyundai, Chrysler, Ferrari… y así hasta 27 marcas de vehículos en función de cada país.

Nadie conoce a los Gorbeña, santanderinos, ni a los Bergé, vizcaínos, y ese es el único motivo para reparar en ellos. Como en Sener, Elecnor, Solarpack, Vidrala, Viscofán, Cie Automotive o Cvne, por Bergé y Compañía corre toda la sangre del barrio de Neguri, como años atrás circuló por el BBVA e Iberdrola. En su Consejo de Administración, el apellido Bergé se aparea con Ampuero y Careaga y se codea con Aguirre, Zavala y Real de Asúa. Una generación atrás, la familia había fundido su ADN con los Ybarra, Gortázar, Elío y Zubiria, grandes sagas del franquismo vasco. Todos se enriquecieron y tejieron todos los puentes entre Bilbao y Madrid y hasta Jerez de Frontera, donde también entroncaron. Así, desde hace 150 años.

¿Y los próximos 150 años? ¿Cuánto le queda a la era del automóvil? Sucia, mafiosa, tramposa y espesante del apocalipsis climático. Al próximo Bergé al frente del negocio le tocará afrontarlo. Por eso hay que alisarle el camino y, hace unas semanas, el grupo se desprendió de un 25% de su negocio importador. Su negocio portuario no se toca. Al fin y al cabo, un puerto es un puerto desde los fenicios.

Ni los puertos ni el vino. Alcalá 65 no es el mejor inmueble de los dueños de Bergé y los Gorbeña. De calle, ese título lo tiene el castillo del siglo XIV de su propiedad en Cuzcurrita del Río Tirón (La Rioja), cuyas murallas contienen un viñedo y una bodega que hace las veces de museo privado, con decenas de obras de arte.

Qué difícil es hacer interesante algo tan poco digestivo, pienso en plena calle de Alcalá, mientras levanto al par la ceja y —sorteando Mazars, auditora global vecina— encuentro Casa Carmen y Sushita, dos de esos restaurantes globales glamurosos donde si entrara no tardaría en oler a sangre de Neguri.

¿cómo llegar?

Calle Alcalá, 65, Madrid. 2,5 kilómetros desde la Plaza de Luca de Tena, 13, sede de la redacción de El Salto. A pie, 33 minutos.





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