Italia | La viralidad del civismo. Control y autocontrol social en los tiempos del covid19. Primer capítulo (de 2) – El Salto


Parto de mí mismo

Partir de uno mismo es ya el paradigma imperante en la narración del lockdown [distanciamiento social, N. del T.] que estamos viviendo. No soy una excepción, aunque, más adelante, criticaré ese enfoque, que ha llegado a convertirse en una neoplasia del ego en el centro de una epidemia viral. Yo también, como tantos otros, como casi cualquier persona en estos días que jamás esperamos vivir, he cambiado varias veces de opinión, he modificado mis posiciones; no he dejado, en resumen, de interrogarme incesantemente. Las personas con las que he intercambiado mensajes y llamadas lo saben, no he escondido esas dudas.

La pregunta principal que me he hecho, como tantos y tantas, se articula en torno al tema de la “responsabilidad”, es decir, de la posibilidad de convertirse en vehículo de contagio hacia personas más frágiles. Evidentemente, la cuestión no es inédita, ni siquiera autobiográficamente. Es la misma que, más o menos, me ha inspirado cautelas en la transmisión de virus “normales”. He descubierto, por ejemplo, que tenía ya una pequeña reserva de mascarillas en casa, que he usado para compartir espacios restringidos cuando me contagiaba de las gripes que mi hija traía del colegio. Por ese motivo, no soy inmune a ese tipo de preocupaciones, como tampoco lo soy al virus.

Pero, por otro lado, me impresionaban y generaban muchas preguntas las estrategias de “contención del contagio”, por cómo se manifestaban en las medidas de las instituciones, en clara continuidad con las clásicas exigencias de, digámoslo así, contención de la degradación y, por tanto, con el securitarismo.

Mondello

mondello

Paseo marítimo de Mondello (Palermo), mañana del 15 de marzo de 2020. En nombre del «¡volved a casa!», un grupo de policías se concentran para bloquear y agredir a un ciudadano que, en solitario, había salido a correr. Actividad que, por otro lado, estaba contemplada –correr, no pegar a quien lo hace–, en los decretos gubernamentales (aquí el vídeo) [hasta que el día 20 algunas ordenanzas regionales prohibieran, N. del T.]. Ésta es la situación que se ha creado: cualquier persona uniformada puede decir, como Luis XIV, «¡El Estado soy yo!» e imponer prohibiciones a voluntad, con el aplauso de ciudadanos y ciudadanas convertidos en delatores. Pero ya anteriormente la propaganda sobre el «civismo» y contra la «degradación» de las ciudades había transformado a muchas personas en delatoras, enemigas de la vida social de los demás, toxicómanas de la retórica sobre la «seguridad». 

Me encontraba entre Escila y Caribdis, entre la espada y la pared, encerrado en mi clausura en los Apeninos, pero pude encontrar un posible punto de equilibrio en las palabras de Pietro Saitta publicadas en Napoli Monitor. En el artículo, la declaración de intimismo del autor introduce en realidad una reflexión politizada e historizada, que reconoce su propia repulsión inicial hacia el dispositivo retórico utilizado durante la emergencia, por solaparse éste con la “patraña” securitaria “que durante décadas ha acompañado a las políticas en materia de criminalidad o inmigración”. En el desarrollo de su reflexión, Saitta declara que ha asumido la elección de la “responsabilidad”, dejando así de conducir su vida ordinaria y de frecuentar un lugar abarrotado determinado, a pesar del securitarismo de las medidas gubernamentales. Por fin –me dije a mí mismo–, un punto de equilibrio posible, un trozo de madera con el que encarar el naufragio.

Pero incluso ese trozo de madera salvadora era provisional. Poco después –estábamos ya a 11 de marzo– la presión de los eventos me obligó a desplazar de nuevo el centro de mi atención. Ilustro aquí tres hechos que me parecieron determinantes:

1) El Estado ha desplegado, de forma aún más llamativa que antes, su fuerza militar, y ha desplegado también un desconcertante aparato legislativo de urgencia para imponer una desactivación de la vida social, sin ni siquiera haber buscado un punto de equilibrio entre la reducción de las libertades individuales y las exigencias de contención del contagio –con la flagrante excepción de trabajadores obligados a salir a la calle para ir a trabajar, cosa que agudizaba su indiferencia hacia ese “punto de equilibrio”.

Este proceso, de rasgos transparentemente autoritarios, habría tenido que abrir un espacio de reflexión precisamente sobre su punto claramente político, es decir, sobre dónde sería adecuado situar el “punto de equilibrio” del que hablaba antes. Y, en cambio, ha sucedido todo lo contrario, es decir, que:

2) las tomas de posición de muchos sujetos (algunos incluso críticos con el neoliberalismo) han virado, y casi diría que han precipitado, de la “responsabilidad” hacia la colectividad, asumida con el sentido moral y político que indicaba Saitta, hacia la adhesión completamente despolitizada y acrítica a las formas, los modos, e incluso las gracietas del discurso gubernamental. El sacrosanto “no hay que poner en discusión la realidad de la epidemia” se transforma, ups, en un instante, en el “no hay que poner en discusión el modo en el que el gobierno gestiona la epidemia”. Y, más aún: hay que adherir a la propuesta hasta el tuétano. Obviamente, esto no es siempre explícito, y algunos de esos sujetos han llegado a declarar que la suya no es “apología servil” de las medidas gubernamentales, sino simplemente una excusatio non petita, y, por tanto, una accusatio manifesta. De hecho, se ha aceptado que el espacio político de la lucha –incluida la imprescindible lucha de las ideas– se anulara. Se anulara, pero poniéndose las gafas rosas, es decir:

3) que las diferencias entre los posicionamientos de los sujetos críticos con el neoliberalismo respecto a “todos los demás” han sido situadas en otro lugar, en un más allá, es decir, en el después del coronavirus. La política se vuelve así teleología; nada se distingue de las instituciones en el modo en que se enfrenta el presente, pero, he aquí la fantasía de consolación, “mañana derrotaremos al neoliberalismo”. Lo que se esconde así es el hecho de que, habiendo renunciado a politizar y someter a crítica las elecciones del punto 1, además de los automatismos emotivos del punto 2, es bastante probable que el “después del coronavirus” no llegue nunca, igual que no hemos llegado nunca a salir de la crisis de las subprime del 2007-2008.

Por otro lado, como se ha señalado en varios debates en este blog, la última afirmación podría ser válida durante un largo periodo de tiempo, también desde el punto estrictamente sanitario.

Repolitizar (el “civismo” y las medidas de contención)

El esfuerzo –un trabajo de salmones, con exaltados que tiran piedras a ambos lados del torrente– realizado sobre estas páginas se ha dirigido desde el primer momento a la repolitización de lo que ha sido totalmente despolitizado, tecnicizado y sanitarizado. O, lo que es lo mismo, la respuesta de los poderes públicos a la epidemia. Ya en esto encontramos una deslumbrante similitud con el “civismo”. Poner en cuestión las políticas “cívicas”, de unos años a esta parte, ha significado ser criticados por un lado (“tocapelotas”, “sabelotodos y marginales”) y por otro (“sois vosotros los que hacéis que gane la derecha”). Porque el “civismo”, ya se sabe, es apolítico, es algo evidente para quien lo quiere ver, una cuestión de “sentido común”.

“Vosotros vivís en los barrios bien, niños de papá, ¿cómo os permitís decir que el civismo y la seguridad son una cosa de derechas? Pasaos por aquí y ya veréis”. Afirmaciones como ésta se han repetido hasta la náusea, y contra toda evidencia, a quienes escribían sobre estos temas, pero también a los movimientos sociales, a los centros sociales y a personas en general que se oponían a la retórica (racista y clasista) de la “degradación”. “Pasaos por aquí y ya veréis”: testimonio directo totalmente emotivo, en el que los “hechos” son representados de una forma tan simple que se convierten en una caricatura de sí mismos. Y como si el hecho de elegir, descodificar, seleccionar y comentar un hecho u otro no fuese una operación arbitraria, incluso en el sentido noble del término. Como si formase parte, precisamente del espacio de la lucha política, el afirmar un hecho entre otros mil y hacerlo así importante.

Se ha visto en funcionamiento ese mecanismo durante el colapso de la historia sobre la memoria. “Mi abuelo conocía a uno asesinado por los partisanos, y dice que era una persona buenísima” se convierte, no en un elemento dentro de un proceso complejo, sino en un hecho histórico ante el cual resulta imprescindible posicionarse; y, lo que es peor, posicionarse sobre ese trágico detalle se convierte en un pretexto inatacable para no perder la posición sobre la tragedia en toda su complejidad. Ese mismo dominio del testimonio se puede observar hoy en funcionamiento en declaraciones del tipo –cito de memoria de alguna red social–: “aquí la gente se está muriendo, qué coño me importa a mí si multan a alguien por ahí o lo que digan los Wu Ming sobre la epidemia“.

Ese “qué coño me importa a mí” es un claro síntoma de la negación del espacio de la política, de la reflexión pública. Pero también es síntoma de lo mismo, de una forma más sutil, el “aquí la gente se está muriendo”; ya que, si se intenta reflexionar y, por tanto, enfrentar los problemas, se vuelve necesario saber cómo se constituye ese aquí (por ejemplo, en qué sistema sanitario, en qué serie histórica de muertes, en qué relación con otras muertes, con qué características individuales, etcétera).

Este enfoque es exactamente el mismo que hemos visto miles de veces en funcionamiento en las campañas contra la degradación de los barrios. “Aquí se combate la degradación, no se hace política”; y también: “si no vives aquí, no lo puedes entender”. Donde ese aquí, de nuevo, pretende afirmar el derecho exclusivo del testigo (que más tarde se descubre a menudo no ser tal cosa) a sacar conclusiones generales, anulando el espacio de la reflexión pública. Reflexión pública que no es un capricho de niños bien, como se sugiere implícitamente, sino que es el único modo posible en el que se pueden enfrentar y quizás resolver problemas sistémicos (como lo es una epidemia, como lo son el malestar social y la criminalidad).

En la política del civismo, los políticos –que son los primeros que siembran y recogen despolitización, en una solo aparente paradoja– seleccionan con precisión las peticiones que les llegan desde la ciudadanía y, de entre las más congruentes con sus intenciones, esculpen y plasman el mito de la escucha: “yo escucho a la ciudadanía, Fulanito y Menganito me han escrito pidiéndome que desalojara ese centro social porque genera degradación, tráfico de drogas y ruido”. Obviamente se trata de un mito, y como todo mito se alimenta de una cuidada (aunque oculta) selección de material. Por ejemplo: miles de habitantes de Bolonia escribieron y se manifestaron para pedir que se permitiera al centro social XM24 continuar en su sede histórica, y no fueron absolutamente escuchados. Al mismo tiempo, las pocas personas que firmaron la patética petición pro-desalojo de las secciones zombis del Partido Democrático de la zona se convirtieron automáticamente en la ciudadanía a la que “se escucha”.

Populismo viral

El mismo alcalde de Bolonia, Virginio Merola, repitió la operación el pasado 13 de marzo cuando, para justificar el cierre de los parques –agravando así las condiciones de vida de las personas obligadas a un aislamiento doméstico–, amplificó el supuesto mensaje de una ciudadana; de una ciudadana que, por su categoría profesional, se hacía portadora de una verdad indiscutible, y así, de nuevo, de una verdad despolitizada y priva de matices:

“Hay que entender que la vida normal no puede continuar. Ayer recibí numerosos mensajes de ciudadanos alarmados, entre los que conmovió especialmente uno enviado por una coordinadora de enfermería que, volviendo a casa del trabajo, vio el parque lleno de gente y sintió una fuerte frustración pensando en su trabajo cotidiano. […] Desde hoy permanecerán cerrados 32 parques y jardines públicos, al igual que los huertos municipales”.

Obviamente, los sentimientos de la enfermera (o, mejor dicho, de la “coordinadora de enfermería”, nótese el detalle cutremente jerárquico) no tiene ningún fundamento científico. Se trata de una opinión de red social, pero que resulta efectiva por el doble valor que se le da: por tratarse de una ciudadana escuchada por la autoridad, y por ser una “persona competente”. El testimonio no describe situaciones precisas, solo un “parque lleno de gente”; que podría estar lleno de gente que, no obstante, respeta la distancia de seguridad. Nos encontramos así, gracias al movimiento del alcalde, de lleno en el populismo penal, dentro del cual:

«[s]e habla, se razona y se hacen declaraciones en base a clichés sociales y a convenciones generalizadas, casi siempre para darles razón, raramente para contradecirlas […]. En una lógica de desestadisticalización, la percepción del riesgo y su amplificabilidad en el debate público se vuelven más importante que la misma realidad de los fenómenos, hasta llegar a eclipsarla. (Manuel Anselmi en Populismo penale: una prospettiva italiana / Populismo penal: una perspectiva italiana, 2015).

Nace así –pero el mérito no es de Merola, tampoco vamos a sobrestimar en lo malo a este pequeño alcalde– el populismo viral.

Un padre y un hijo que caminan por el parque o juegan con una pelota –y que viven juntos–, ¿qué maldito contagio pueden generar?

Un padre o una madre, y el hijo y la hermana, que viven en una casa pequeña, ¿qué nivel de sufrimiento pueden desarrollar sin poder ir siquiera al parque?

O, por poner la cuestión en un plano superior, ¿existe un espacio, en los intersticios de los saberes especializados, para la política?

Y aún más: ¿existe un espacio para los saberes especializados que no sean solo los del virólogo sino también los de la salud pública global, los del psicólogo, e incluso quizás los del cardiólogo? (¿Qué consecuencias tendrá la reducción de la actividad motora en las personas mayores a las que se les ha metido el miedo incluso respecto al paseo solitario, teniendo en cuenta lo que le costará a una persona mayor retomar el hábito perdido?). No, la respuesta es no.

Y, cambiando el punto de vista y asumiendo –con malestar– lo que Filo Sottile en una extraordinaria fábula llama mentalidad de guardia forestal, ¿existe la posibilidad de llegar a una intervención para dispersar las concentraciones reales en los parques (reales), y no por tanto cuatro personas que manteniendo la distancia de seguridad tiran a una canasta?

No, no existe, a pesar de la movilización de las fuerzas del orden y del ejército. Por tanto, no existe espacio para la política; pero tampoco existe espacio para una ejecución puntual de las leyes: dispersar esa concentración de personas, multar a esos sujetos determinados… Existe solo la anulación del espacio público.

Así, exactamente igual que se hacía (se hace) con las políticas “cívicas”, que ponen bancos anti-mendigos, ¡fuera las canchas de baloncesto! He aquí Isabella Conti, alcaldesa por el Partido Democrático (y superpartidaria de Matteo Renzi) de la pequeña ciudad de San Lazzaro de Savena, en la provincia de Bolonia:

“¿Creéis que a mí me gusta tener que quitar las canastas? ¿Creéis que no se me parte el alma diciéndoos que no podéis jugar? En estos años hemos trabajado como locos para hacer que nuestros parques fueran lugares perfectos para estar juntos, pero ahora no se puede”.

Vamos, que tras haber impuesto el “civismo” en los parques, solo quedaba dejarlos perfectos o, lo que es lo mismo, eliminar ese residuo de “degradación” que aún les atravesaba: los seres humanos.

Pero sobre los parques volveré en la segunda parte.

sobre el autor

Wolf Bukowski escribe en el blog Giap, en Jacobin Italia y en la revista Internazionale. Para la editorial Alegre ha publicado: La danza delle mozzarelle: Slow Food, Eataly Coop e la loro narrazione (2015), La santa crociata del porco (2017) y La buona educazione degli oppressi: piccola storia del decoro (2019). El presente artículo es una traducción libre de un post publicado en el blog Giap, coordinado por el colectivo de escritores Wu Ming. La difusión de todo su contenido, incluido el presente artículo, está regulada por una licencia Creative Commons.





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