CARACAS — Desde las sombras de la prisión más resguardada de Venezuela, un imperio criminal continuaba operando bajo la mirada complaciente del Estado. Walid Makled, el hombre que alguna vez fue el broker indiscutible del narcotráfico venezolano, no solo dirigía una red de extorsión desde su celda, sino que lo hacía bajo la protección directa del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), en una estructura de complicidad sistémica que salpica a las más altas esferas del poder.
Documentos, testimonios y el propio alarde del capo han dejado al descubierto una verdad incómoda: el Estado no combatió al cartel; el Estado se asoció con él.
El Precio del Poder
Makled no era un narcotraficante ordinario; era el engranaje perfecto que conectaba al Cartel de los Soles con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), los cárteles mexicanos y las sofisticadas redes de distribución europeas. Su monopolio no se construyó en la clandestinidad, sino en despachos oficiales. Controló el vital Puerto Cabello, adquirió la aerolínea Aeropostal, manejó almacenes, monopolizó la distribución de urea (químico esencial para el procesamiento de cocaína) y operó pistas privadas con total impunidad.
¿El método? Una red militar y policial comprada sistemáticamente con sobornos. Makled no ha tenido reparos en detallar su nómina, la cual lee como un directorio del alto mando venezolano de la última década. Los pagos documentados apuntan directamente a figuras clave: Tareck El Aissami (quien habría recibido sobornos de hasta $100,000), Hugo Carvajal, Néstor Reverol, Clíver Alcalá, Rafael Ramírez, Henry Rangel Silva, Eladio Aponte Aponte y Carlos Aniasi Turchio.
Según el propio Makled, su influencia llegó hasta la cúspide política, financiando campañas del expresidente Hugo Chávez a cambio del control logístico de Puerto Cabello. Su confesión más escalofriante resume una era: “Todos mis socios eran generales. Yo financié al gobierno”.
Una Estela de Drogas y Sangre
La magnitud de las operaciones logísticas de Makled desafía la imaginación y expone la vulnerabilidad —o la complicidad— de las aduanas venezolanas. Entre los envíos más audaces se encuentra el vuelo de un avión DC-9 en 2006, que partió desde el mismísimo hangar presidencial en Maiquetía rumbo a México cargado con 5.5 toneladas de cocaína.
A este hito le siguieron otros golpes devastadores, como el decomiso de 392 kilos en su propia finca en 2008, y el escandaloso envío de 1.3 toneladas a través de un vuelo comercial de Air France en 2013, que se convirtió en la mayor incautación de narcóticos en la historia de Francia.
Pero el rastro de Makled no es solo de polvo blanco; está manchado de sangre. El silencio de sus operaciones se garantizó a través del sicariato. Se le vincula directamente con los asesinatos del periodista Orel Sambrano y el veterinario Francisco Larrazábal en enero de 2009, así como con la ejecución del infame narcotraficante colombiano Wílber Varela, alias “Jabón”, en enero de 2008.
La Paradoja de la Justicia Venezolana
Hoy, la situación legal de la familia Makled ilustra la asimetría de la justicia en Venezuela. Sus hermanos han sido liberados. Su esposa ha sido liberada. Sin embargo, Walid Makled sigue tras las rejas. Fuentes internas sugieren que su confinamiento no es un castigo, sino una medida de contención: sabe demasiado. Su liberación, o su extradición, amenazaría con desmoronar la estructura de poder que él mismo ayudó a financiar.
El contraste de su situación con la de los presos políticos en el país es devastador y revela la verdadera naturaleza del sistema. Mientras el narcotraficante gozaba de privilegios y manejaba extorsiones bajo la mirada del SEBIN, figuras como el Coronel José de Jesús Gámez Bustamante enfrentan un destino dantesco.
El Coronel Gámez, un militar con 30 años de servicio a la nación, languidece tras 13 años de prisión sin haber recibido un juicio. Ciego, paralizado y padeciendo tuberculosis, muere lentamente sin atención médica, convertido en una víctima trágica del abandono institucional y la tortura sistemática.
Este es el ecosistema actual: un país donde los grandes capos del narcotráfico retienen su poder y sus conexiones desde la cárcel, mientras los militares institucionales y patriotas son dejados a morir en el olvido.
La historia de Walid Makled no es solo la biografía de un criminal; es la autopsia de un Estado. Podrán manipular las instituciones, silenciar a los disidentes y reescribir la narrativa oficial, pero el peso de las pruebas es innegable. Podrán retener el poder, pero jamás podrán enterrar la verdad.






